DPTO 06-01

PISO 6

DPTO 06-01

LAS RUANAS.

Esa mañana me levanté con la piel arrugada, extrañando las tertulias a medio atardecer, con el sol frambuesa coloreando nuestras perspectivas, revisé mi álbum de recuerdos colgado en la esquina de la cama. Recordé El día en que conocí a esas amazonas de Mamet en la biblioteca nacional, lugar de silencios postergados, lámparas esmeralda, atendida por unas señoras parcas; recinto lleno de historia y muchas oraciones, un santuario adornado por seres vivos invertebrados, lomos dispuestos a ser acariciados por los amantes de los signos de puntuación. Nuestras miradas se cruzaron en la categoría de clásicos europeos y desde allí se entrelazaron para siempre, para no olvidarnos de las cenas verdes, para atarnos en las equis y en las yes de nuestros cromosomas, para soportar las flagelaciones, las avulsiones, los desplantes, los amores.

Ellas cual gemelas fantásticas de las letras, preguntaron:

– ¿Buscas olvidarte del sin sentido de la vida?, te recomendamos Rayuela de Cortázar, o si quieres imaginar a tus enemigos regurgitar su sangre, debes leer así sea un cuento de Quiroga.

– Y si mejor las conozco a ustedes, porque al escucharlas se que son unas románticas asesinas, aprendería todo de primera mano-.. – repliqué y los ojos de los tres trazaron un teorema de Pitágoras.

Todo después de allí fue una bitácora del disfrute, de convocar las musas a orgias lingüísticas, de llorar por las consecuencias de una novela con protagonistas detestables, tridente azufrado, implacables, incorrectos, en el camino encontramos seis entes mas que se unieron a la ruta de nuestras vidas sin remilgos ni censuras, nueve deformes anti reglas-sociales, amantes del café negro y las tetas de Virginia Woolf.

Hasta el día, ese día, ese litográfico día, en que los bastardos nos arrancaron a Patrick Suskind de nuestras pocetas, pulverizaron a Muller de nuestros koalas; el día en que se decreta que la felicidad pasa por ser inculto, que sonreír como zombie era no poder discernir entre lo bueno y lo malo, que lo único correcto era según ellos la biblia y Moby Dick, obcecados fanáticos amarrados de las bolas de Constantino. Un hombre sin Wilde en sus venas, se proclama dictador, un dictador que perpetro homicidio pero sin que Agatha Christie se inmiscuyera. Millones de personas huérfanas, nosotros huérfanos como cachorros sin las ubres inflamadas de las enciclopedias, realengos, nos dispusimos en la clandestinidad a leer y analizar Madame Bovary palabra por palabra, en una especie de rebelión, a ser socios de los poetas muertos. Con esa convicción de Cabrujas, de que algún día ese ambiente en carboncillo volvería ser una pintura surrealista y colorida de Van Gogh. Iracundos, con la antorcha aun encendida en el pebetero de nuestros cerebros, lo decidimos, lo preparamos, con sosiego, con estructura dramática, con meses y años de por medio, hasta con uniforme, con puntadas de parto, con dilataciones en el corazón. Me levanté de esa cama con los bríos de Caballo de Troya y sin la ceguera de Saramago, convertido en sabueso olor a almizcle, ataviado con una ruana tejida en el Perú, tres pelos adornando mi barbilla protusiva, tres hinchones en el codo derecho con su caldo de pus a punto de ebullición, unas botas de plástico marrón, y un morral atapusado de ropa o lo que se creía que era ropa, singular estampa, que se refleja en el vidrio tensado de la entrada del edificio donde alquilé una habitación con tres meses de anticipación.

Yo, técnico especializado en reparar celulares de nueva generación, convertido en trotapueblos de alta estima dispuesto a realizar una cruzada documental con la sombra de Juana de Arco en mis pulmones, toco la puerta amaderada que tiene una barra de bronce con el enunciado de conserjería:

− Buenos días ¿qué desea? -dijo con voz sin desayuno el conserje famélico que esta medio sentado en la garita del edificio.

− Buenos días, Sr. soy Carlos Ramírez, yo alquilé el apartamento 06-01, pero no había podido mudarme, me dijo la Sra. Gertrudis que ella había dejado las llaves con usted − Lo saludó con voz de testigo de Jehová, no por lo religioso de mi exposición sino por lo peligroso de mi decencia.

 Envolventes como un caracol de charol, esas entorchadas escaleras fueron el pasadizo hasta el refugio de este hombre alto con respiración gacha que piso a piso escuchaba con la mirada mordiente, sonidos no tan cotidianos, que aparecían en esta edificación tapizada con papel lleno de imágenes renacentistas, vírgenes con celulitis y ángeles mestizos. Me remito al pasado y me sorprendo porque tenía tiempo sin escuchar discusiones intelectuales sobre Bram Stoker, jadeos interminables con ilusión envuelta en látex y Shakespeare, golpes estilo Marques de Sade en las mejillas o nalgas de alguna mujer o un hombre con vestiduras de cuero, carcajadas con altisonancia de Gabriela Mistral entre vinos y quesos, pisadas profundas con la fuerza de Spektor, con las confusiones de García Márquez, me pregunté si este edificio era un purgatorio donde las almas de los escritores vivían asilados por el totalitarismo. Confiado Apretujo las asas de mi morral, y asciendo al lar donde estaba por suceder una creación embadurnada de nitroglicerina y hierro colado.

Una sala pequeña, juego de muebles de pino, tela a rayas, una mesa redonda también de pino adornada por un florero de cristal de murano tornasolado, rodeada por tres sillas, la cocina verde manzana subraya la escena como si tratara de un set Kubrick, abro la nevera ovalada turquesa, providencialmente hay unas uvas casi apichadas, que expelían un olor fermentado, sin chistar me aguan la boca, mis ojos apagados se asoman por el ventanal, hacia una calle completamente acordonada por cinta amarilla y policías de chaquetas manga larga.  El morral descansa en la cama individual, mientras me masturbo debajo de la humarada que la ducha caliente construye sin forma ni geometría encima de mi calvicie, siempre aprovecho un sitio nuevo para hacerlo, costumbres solo costumbres. El grito de la cafetera denuncia un café negro corto,  soplo la taza de peltre, que de seguro la señora Gertrudis tenía como preferida.  Recostado en una silla del comedor solitario examino con paciencia neurocirujana el horizonte enmarcado en el ventanal. Me quedo horas estático, ni las moscas me distraen, observo las venas urbanas por donde circulan cabezas con boinas, niños pelirrojos, viejitas con sus bastones acerados.

El morral seguía allí sobre las sabanas alcanforadas aparcando el misterio. Apartamento oscuro, el bombillo de mi cuarto era el único punto brillante en las baldosas bizantinas seguramente del siglo pasado. Abro el morral y de sus fauces regurgita una carpa negra con azul, con poca destreza la armo al lado de la cama, necesito aislamiento, no quiero que ni los zancudos sean testigos de mi malhumorado resentimiento. Me visto solo con la ruana y recordando el túnel, me introduzco en mi cueva de altamira particular, coloco a mi lado una copia de la novela María del señor Jorge Isaacs; cual boy scout prendo tres linternas dentro de la carpa, saco cuatro celulares del bolso, desarmo tres y sus pilas forman una torre de babel, de cada una desprendo hebras de cobre uniéndolas como una clineja, amarro la torre con unas ligas rojas y amarillas, era un conglomerado de rabia y desazón, las introduzco dentro de un cooler extra/grande, lo lleno de clavos oxidados. Desde el otro celular hago una primera llamada sin respuesta, gotas de sudor empiezan a empapar mis cejas medio alopecicas, las pupilas se me dilatan , de inmediato mis  pulsaciones cardiacas arrecian cuando hago una segunda llamada y el receptor aparece como inexistente, mis bolas se arrugan a niveles insospechados cuando al tercer intento la llamada tiene un interlocutor . Mi voz se luxa, las falanges de mis meniques se llenan de artritis, las nalgas me pesan y se aprisionan con más fuerza a la tela acrílica de la carpa.

− Sí, estoy en El Edificio de Valerie como lo cuadramos, ya tengo el cooler listo, imagino que ustedes también − Afirmo con los signos físicos de la angustia y el terror.

Salgo a fumar casi medio kilo de marihuana para viajar en el círculo de la muerte sin arrepentimientos. Paso toda la noche despierto, como si el insomnio fuera una especie de fuerza redentora. Otro café al alba sin azúcar, muy caliente desolla mis labios, lengua y paladar; no miro por el ventanal sino que con mi ruana sudamericana, morral y cooler atiborrado, bajo en cámara lenta siendo observado por las vírgenes y ángeles que cuidan las escaleras. El conserje riega unas gardenias que abren sus pétalos agradecidas por la hidratación, mi buenos días salen obligados entre dientes cuando abro la reja del edificio con tono diferente al del día anterior. Afuera me esperan ocho personas con una misma ruana, con unas mismas botas, con unos mismos morrales. El calor contrasta con las mantas de aquel armisticio. Solo dos mujeres en ese ejercito de sabatos, una morena de baja estatura pero de vocales roncas, otra con lentes de pasta, de pelo lacio olor a albaricoque francés. Ellas, las gemelas fantásticas del leer, quijotanas con narices de lanza lideran la marcha en contra de un cuasi Fausto de Goethe. Nadie hablaba, solo caminamos entre la multitud que se agolpaba para presenciar el desfile. Ese día era el natalicio del dictador que había prohibido las letras, los libros, los índices, el idioma, había cercenado el arte literario en todas sus formas, su hijo lo acompaña a saludar, a sus súbditos imbéciles en minúscula,  mucha gente marioneta en mayúscula, brutos felices sin discernimiento, ovejas incultas, orugas desprolijas de lana castellana. Las ruanas nos dispersamos a lo largo de la avenida, equidistantes, los guerreros de cervantes, colocamos los morrales en las esquinas, sin espabilar, cual androides, invisibles, epílogos ardientes sin que nadie nos note.

Después del glosario terrorista, los guió al apartamento en El Edificio de Valerie,  a esperar, unos sentados en los muebles a rayas, esperando, otros en el comedor solitario, esperando, otros fumando cerca de la cocina verde manzana, esperando, todos esperando, ellas, la morena baja, y la de los lentes de pasta, centinelas en el ventanal esperando frías y alegóricas con la novela fuegos de Yourcernaf debajo del brazo.

Suena la diana, suenan nuestras pieles, nuestras esperanzas, suena el silbido del jilguero, suenan nuestras costillas, aparece el dictador con su sonrisa desmemoriada, la multitud enloquece, los morrales son pateados como basura, como la basura en que el dictador los convirtió. Ellas dan la orden. Todos en una especie de coreografía agarran su cuarto celular, buscan el directorio, contacto = Literatura. Icono de auricular. Explosión.

 

 

Inquilino: Juan Viloria. Trujillo, Venezuela.  Escritor y dramaturgo. Obras teatrales: Rosas verdes para Caín y Maktub y Ellas y un Hielito por Aquí.

Anuncios

DPTO 06-02

PISO 6

DPTO 06-02

PETTERI RIMMI Y EL HOTEL QUE ARDE

Como acostumbraba, Petteri, resuelto, baja las escaleras con dirección a la terraza, ansioso por fumar su cigarrillo matutino, maldiciendo la ley que no le permitía fumar en espacios cerrados, esta sería tal vez la única razón por la que extrañaba su casa al otro lado del océano.

Llegó a la terraza, encendió el cigarrillo y aspiró la primera bocanada satisfecho, ahora podría pensar, ordenar sus ideas y planear su día en aquella helada ciudad costera.

Después de exhalar la primera humareda, instintivamente miró a la pared donde había dejado su bicicleta la noche anterior notando hoy su ausencia; una incómoda sensación lo invadió, pero intentó tranquilizarse a sí mismo pensando que tal vez el recepcionista del hotel la hubiera movido durante la noche.

Petteri preguntó en su ingles imperfecto, al recepcionista sobre la bicicleta, ya eran las 7:30 am, era cambio de turno -habían dos recepcionistas, el que llegaba y el que se iba- Por la expresión que pusieron aquellos hombres, Petteri no tuvo que esperar la respuesta en el inglés aún más imperfecto de aquellos empleados para entender que la bicicleta había sido robada.

Estaba más que consiente, Petteri, que por su tés sonrosada, cara redonda y dientes amarillentos, para los latinos no parecía más que un obeso sonso, bastante había recorrido Suramérica notándolo, en esta ocasión no fue diferente, pues mientras los empleados le mostraban el video de cómo un ratero arrastraba la bicicleta con las ruedas bloqueadas; la encargada del hotel dejaba ordenes en un perfecto español que Petteri no entendía ni necesitaba entender para darse cuenta que el hotel no respondería por su medio de transporte.

Uno de aquellos empleados  acompaño a Petteri  a hacer la denuncia policial, que le entregaron en perfecto español, de la cual no localizo en ningún párrafo el nombre del hotel, así, se dio por entendido que tanta amabilidad del empleado no era más que para librar a la empresa de toda responsabilidad, por órdenes de aquella encargada, que muy amablemente le ofreció mas tarde un desayuno de cortesía.

Petteri, al darse cuenta de aquello, no pudo más que apretar la quijada, masticar con fuerza, triturando las tostadas mientras que su sangre lo hacía ver aún más sonrosado. Petteri tenía un seguro de viajes, pero no podría reponer su bicicleta de aluminio ultraligero sino después de volver a Finlandia.

Toda la planificación se vino abajo, viajaba con un presupuesto limitado, el día anterior, cuando ingreso al hotel estaba alegre porque había logrado reducir el costo de su estadía en la pequeña habitación donde se hospedaría a cambio de no recibir desayunos, durante la negociación con la encargada podía notar en el rostro de la mujer microexpresiones de desagrado por el olor ácido que transpiraba Petteri, pero que ella, amablemente intentaba disimular; Petteri era plenamente consciente de su olor, pues había pedaleado en aquella bicicleta desde el aeropuerto hasta el hotel tardando poco menos de 3 horas recorriendo cinco distritos de la ciudad limeña.

Claramente le explicó a la encargada que no le importaba no recibir los desayunos, siempre que no le faltara el agua caliente, jabón y champoo, puesto que con su experiencia por Buenos Aires y Santiago, sabía que estos hoteles pequeños tenían gas limitado para los calentadores de agua, y odiaba, como cualquier hijo de vecino, bañarse sin el líquido caliente.

Durante la noche, por sus tribulaciones, no podía concentrarse en plasmar una nueva planificación de los días venideros, en un acto de rebeldía contra la sociedad, encendió un cigarrillo dentro de la habitación exhalando el humo por la ventana; se sentía como un convicto olvidado por el sistema, huérfano de bienestar.

Después de la tercera bocanada de humo una idea atroz se cruzó por su mente, como señal demoniaca, el acto de venganza perfecta contra el frívolo hotel, contra aquellos negligentes empleados y aquella gerente imitadora de Pilatos.

Petteri espero que fueran las 10 de la noche, la hora socialmente admitida para dormir y no recibir llamabas telefónicas, con magistral goce Petteri se acercó a la ducha abriendo la regadera de agua, dejo que el agua bañara su diestra, podía sentir, casi nervioso, como el agua escurría por el dorso de su mano transpirada de sudor frio; al girar su mano pudo sentir como el elemento se mezclaba con el sudor graso, y aunque sabía que estaba casi helada, en ese momento no la odio, al contrario, disfruto como podía contenerla en el pocillo de su mano, sentía grado a grado el aumento de temperatura, como podía contener en su mano un lago ártico, y luego una laguna tropical, habrían pasado 15 minutos, o tal vez dos cigarrillos, que más daba, hasta que el agua salió no solo caliente, sino infernal, quemaba, pero a Petteri no le importaba, contenía en su palma un volcán griego, le regocijaba ver su mano arder porque sentía que la burla estaba allí, todo ardía junto, porque como su padre le dijo alguna vez, no hay nada que el calor no mate; con la zurda retiraba el cigarrillo de su sonrisa.

Al terminar su cigarrillo ahora junto a la ventana, Petteri se recostó en la pequeña cama, con la luz encendida, sin darse cuenta que la noche pasaba más rápido mientras oía el sonido hipnótico del agua caer, que para esa hora era la perfecta canción de cuna.

Alrededor de las 2 de la madrugada el teléfono de su habitación sonó insistentemente, Petteri sabía perfectamente que la llamada provenía de la recepción pero no hizo más que ignorar el aparato, intuía que más allá de ese intento de contacto no pasaría, porque es difícil reclamarle a un hombre que perdió su bicicleta sin que el responsable se haga responsable.

Un par de horas después Petteri se levantó de la cama, tocó nuevamente el agua de la ducha hallándola helada. Atrancó el chorro de agua y se acostó a dormir hasta que los primeros rayos de luz se asomaron por su ventana, su reloj biológico le reclamaba una dosis de nicotina.

Se levantó, a diferencia de otros días, tomó su tiempo, con paso  parsimonioso, afloró de la habitación, desde el pasillo podía oír el teléfono de la recepción sonando sin parar, siendo contestado en perfecto español, Petteri se deslizó por las escaleras mientras sacaba del bolsillo de sus pantaloncillos la caja de cigarrillos y el encendedor, al caminar frente a la recepción pudo ver al joven latino sudando mientras recibía una cantidad de improperios que a pesar de que Petteri no entendía, si los escuchaba salir de la bocina del teléfono; Petteri hizo una mueca que imitaba una sonrisa mientras salió a la terraza, se acomodó en el sillón de madera, después de sacar un cigarrillo, posaba la cajetilla en la pequeña mesa con un cenicero de vidrio que tenía al frente, saboreó el papel del cilindro mientras lo posaba en su boca, lo encendió con lentitud, al menos tres veces pudo oír el teléfono de recepción sonar, ser contestado y nuevamente colgado.

Cuando ya Petteri había disfrutado la mitad de su cigarrillo, vio llegar al segundo recepcionista para el cambio de turno, y casi de inmediato a la encargada del hotel gritándole a ambos empleados mientras movía las manos, exaltada.

Petteri disfrutaba percibir como el personal, inútilmente, intentaba reponer el agua caliente del hotel esquivando los reclamos de los huéspedes; ahora satisfecho, podía planificarse con claridad para los próximos días, lo primero sería comprar una venda; sonriente, Petteri Rimmi, veía el hotel arder.

 

Huésped: Iván Rojas. Lara, Venezuela.  Escritor y cuentista. 

 Autor del libro Defectuozzos  Monte Ávila Editores Latinoamericana (2016).

 

DPTO 06-03

PISO 6

DPTO 06-03

VISITA 3

Vivir en Caracas es como jugar Buscaminas. Nunca sabes dónde te va a estallar el tablero, la ciudad. Ese día fue en la entrada de José Félix Ribas (Petare), uno de los barrios más peligrosos de una de las ciudades más peligrosas del mundo. Un caucho se le espichó al mototaxista que me estaba llevando al barrio 24 de Marzo, el lugar en el que Chino y Nacho habían grabado el videoclip de “Me voy enamorando”.

A diferencia de ellos, yo andaba sin escoltas y sin equipo de producción. Libreta en mano, un bolígrafo terco y un estómago refunfuñando por almuerzo, iba dispuesto a escribir una nota para El Nacional acerca de ese punto ciego de la ciudad que dos estrellas del reggaetón pusieron en el mapa. Ya el barrio 24 de Marzo no solo aparecería en las páginas de sucesos, sino también en las de espectáculos. Eso, si lograba llegar.

El hambre se me quitó cuando nos accidentamos en la boca del lobo. Como suele pasar en esos casos de riesgo extremo, yo entré en una calma envidiable para cualquier aprendiz de profesor de yoga de Los Palos Grandes.
Mientras el motorizado remendaba el caucho como podía y yo cuadraba cómo llegar a la pauta, se nos paró una Bera vinotinto al lado. Yo confié en que tigre no come tigre y que entre colegas motorizados no se iban a malograr.

-¿Para dónde vas, chamo?- me preguntó el tipo cuya mirada no me dejaba adivinar si era héroe o villano.
-Al 24 de Marzo, pana- le contesté metido en personaje.
-¿Qué hora es?- y ahí dije “este quiere el reloj”. Solo a mí se me ocurría sacar el Casio ese día. En lo que me lo estoy quitando me pone cara de confusión.
-No, viejo. Dame la hora para ver si me da chance de llevarte, que tengo que estar a las 2 en Agua Salud.
Yo salí de la hipnosis paranoica.
-Las 12:45, pana.
-Vente, pues.

Preferí que nos devolviéramos a la sede de El Nacional y repautar la cita con los vecinos del barrio que iba a entrevistar. Cuando me bajé de la moto y le iba a pagar al tipo, descubrí que el Karma estaba juguetón ese día: se me había caído el efectivo (sí, había efectivo todavía) porque lo cargaba en el bolsillo de atrás.
No había terminado de pasar el susto de quedar como un mala paga, cuando el motorizado me dice:
-Dame el celular.
-¿Cómo?
-Que me des el celular- cuando me dispongo a sacar mi S3 Mini del bolsillo, el tipo interrumpe.
-El número de celular, pana. Te paso los datos y me transfieres.
El Buscaminas no reventó de nuevo ese día y registré a “Armando Mototaxi” (nombre ficticio) en el celular. Desde ese día, Armando siempre está a un “epa” de distancia. Se convirtió en mi mototaxista de confianza, el que me acompañaba a Coche, a Altamira, La Candelaria, El Cafetal, Palo Verde, Mariche y todas las vocales de Caracas. El que me pegó el “mano” y el “beta”. El cómplice con el que recorro desde hace 3 años una ciudad con costras de asfalto, cicatrices y heridas abiertas e infectadas de chavismo.
Ser el parrillero de la moto te da cierta paz porque el caos se ve borroso a 120 kilómetros por hora. Las colas fuera del mercado se ven más cortas, los basureros no parecen cafetines de la miseria. Todo te pasa por los lados sin tener que moverte.

La semana pasada la moto Bera vinotinto no estaba estacionada en su puesto. En su lugar había un par de palomas picoteando migajas de pan sobre la acera. Ya eran casi las 9:30 de la mañana y yo todavìa no habìa podido salir a la oficina por estar esperando a Armando, el único mototaxista de la zona que entendía el problema de la escasez de efectivo y aceptaba transferencias en bancarias.
“Si es de Banesco a Banesco, yo también la acepto, mano”, me contestó Adonay. ”Pero no te vayas a lacrear. Deposítame antes de las 5:00 pm que voy a ver si completo para comprar unos verdes”. Mototaxistas dolarizados y con poder adquisitivo. Siempre sospeché que se convertirían en los amos de la ciudad. Yo tenía que ir a la oficina, probablemente a ganar en un mes lo que se hace Adonay en un día. El título universitario no pasa por el punto de venta.

El moto-santero no había terminado de encender la moto cuando ya yo estaba montado en la parillera. Grave error. Se oyó un frenazo en seco detrás de nosotros y se bajó Armando de la Bera vinotinto. “¿De verdad te vas a ir con él?”, me dijo con dolor y arrechera. La escena parecía de telenovela urbana. Faltaba que dejara caer el casco en cámara lenta y que el sonido del choque contra el asfalto fuera la onomatopeya de su corazón roto.

“¿Por qué no me llamaste?”, siguió la pataleta. Los compañeros de la cooperativa estallaron en carcajadas de Radio Rochela con aquel ataque de celos.”Ja weno”, dijeron en coro los motorizados.Yo lo miré con cara de confusión, más una sonrisa de “¿qué-coño-está-pasando?”. No me quise arriesgar. No quería averiguar cómo podría ser la venganza de un mototaxista que se sintió traicionado porque me fui con otro. Pero él tiene que saber que yo no creo en la “motogamia”. Bajé la guardia.

-¿Ya comiste?
-No, rey.
-Toma.
De la bolsa de plástico finita y azul saqué una arepa con tortilla de salchichón que hizo mi mamà. Los chalequeadores se quedaron mudos mientras le lambuceaban la arepa a Armando.
-Gracias, papi.
-Marico, deja de llamarme de distinta forma cada vez que respondes.
-Papá, es que no recuerdo tu nombre.
-Qué bolas, Armando. Iván.
-Ja Weno. Tú no te debes saber mi apellido.
-Claro que sì me lo sé.
-Seguro me tienes guardado que si “Armando Mototaxi”
-Deja la mariquera. Tú me avisas si vamos a darnos los besos, pa’ cepillarme.

Todo era en broma…

-Pa’ que tu veas que no hay culebra, te acepto la arepa como pago y te dejo al frente al Cubo Negro en menos de 5 minutos.
-Armando, no vayas a ir corriendo. Que uno te dice que anda apurado y activas el teletransportador de la moto. Uno llega hediondo a gasolina.
-JAJAJAJA Yo te presto un perfume de “Dolchegavana” que cargo en el koala si te vienes conmigo, pues.
-Plomo-

Estuvo callado todo el camino. El silencio era tan frío como la brisa que te cachetea en plena autopista, lugar favorito para que Armando inicie una conversación y no se le entienda nada.
-Voy an dsdjfsjgdf
-¿Cómo?
-Vferggrhtyh
-No te escucho, hay mucho viento.

Por fin, llegamos…

-¿Te busco a las 5:00 de la tarde?
-Dale. ¿La carrera de regreso en cuánto sale?
-Pa’ tu casa te sale igual en 250. Pero si vas para Campo Claro a comer arepa frita conmigo, te sale gratis.
-Te digo que sí de una porque estás involucrando comida.

A las 5 me estaba esperando con sus lentes tipo Ray-ban tapa amarilla y mi casco en la mano. Llegamos al local de arepas fritas (recomendadísimo) .Yo pedí una de carne mechada y él una reina pepeada.
-Están burda de buenas esas bichas- le dije.
-No tan buena como la arepa que me hizo la suegra- Me soltó.

Yo quedé con el mordisco a mitad de camino.

-Ay, Armando. ¿Tú eres marico?
-Viste que no te sabes mi apellido. Yo soy Armando Ramírez*, “Cara e’ curda” ¿te acuerdas?. Yo estudié bachillerato contigo en el Dulce Nombre de Jesús y te chalequeba porque eras burda de pato.
– Y ahora el que nada en la laguna eres tú. Muchacho marico- le contestè.
-Mano, disculpa los malos ratos. De verdad me ponìa chimbo. No te dije que era yo cuando te hice la primera carrera por eso. Aunque tú me transferiste y ni cuenta de diste.
-Tranquilo, Armando.Yo ni me acordaba de eso. ¿Tu familia está clara?
-Mano. Yo vivo en casa de mi tía y mi primo es CICPC.¿Tú sabes el beta que revienta en el rancho si se enteran que me gustan los tipos? A los maricos del barrio los tienen a monte.
-¿Qué difícil, no? Cargar ese peso, esa doble vida. Yo era igual que tú, solo que yo si era burda de mariquito y se me “notaba”. Y fíjate que tú te la has dado de malo conmigo, porque te rechazabas a ti mismo.
-Esta vaina no juega carrito. Yo creía que se me iba a pasar, pero no. ¿No hay tratamiento hormonal o algo para quedarse siendo tipo?
-Armando, los maricos también somos tipos. ¿Tú quieres ser mujer?.
-No. La pinga. Sería burda de fea. Prefiero quedarme con mi pipí que así cojo más.
-¿Y a quién te agarraste tú?
-A Orlandito. ¿Tas claro?
-¿Orlandito también es gay?
-Coño, pero no le digas que lo sapié.
-Qué fuerte jajajajaja
-Pero ahora voy por un flaco que le gusta comer en Arturo’s.

Le contesté en seco:
-Armando. Te lo digo claro. Yo no te meto a ti ni con güevo prestado. Mosca si me estás echando los perros, porque les escondo la Perrarina.
-jajajaja qué becerro. ¿Panas, pues?
-Panas somos.
-Y maricos también.
-Verga. Tú más que yo. Definitivamente.

Nos reímos:
-Solo te diré que te sinceres lo antes posible. La vida es corta, y en Caracas aún más.
-Acá literalmente vivimos como perros.
-Y por eso calculamos los años como años de perros.

Durante el viaje se puso intenso.
-Qué loco que en realidad se llama Santiago. Yo creì que era mujer.
-¿Quién?
-Caracas.
-¡Ey!¡Más respeto! Santiago de León de Caracas.

Vivir en Caracas es como jugar Buscaminas. Te explotan realidades en la cara cuando menos te lo esperas. Los huecos sigilosos, el asfalto levantado, los semáforos dañados, los postes ciegos, el viento hediondo a nostalgia, a suspiro de llanero enamorado, la humedad del llanto de una madre en Maiquetía.
Caracas, el reino de la empanada de carne mechada y de la arepa frita con hueco. La ciudad marica-homofóbica.

 

 

Visitante: Ivan Zambrano. Caracas, Venezuela.  Periodista, guionista de la Mega Estación. Columnista en UB Magazine.

DPTO 01-04

PISO I

DPTO 01-04

PARTE III

Die Taverne.

Maritza llegó al mundo en pleno estrecho que limita la duna con la planicie del desierto, su madre la expulsó a cuatro patas, mientras la arena le perforaba las rodillas y le enmugrecía la cara; primero salieron las piernitas que chorreaban  mucosa y liquido amniótico seguido de los bracitos  supurados de sangre, luego la bebe se estancó en el cuello, justo en ese momento se acercaban a la delirante madre los perros raquíticos, flacuchos pero sobretodo hambrientos, llamados por ese delicioso olor que goteaba de su máxima dilatación, sin embargo, los gritos enfangados hicieron que los canes no se acercaran lo suficiente, en el desespero que causa tener una cabeza atravesada en la entrepierna, la mujer presionaba el suelo sin sentir cómo se le partían las uñas y le sangraban los dedos, ella solo quería desembarazarse o se iba tener que arrancar a la criatura por partes; en ese último grito desatascador  salió la cabeza de la bebé y en un mismo acorde las dos lograron inhalar, respiraron polvo y asfixia pero respiraron. La mujer tomó a su descendencia la introdujo en la mochila que puso a medio abrir,  dejó suficiente entraña regada para los perros y caminó alejándose del lugar del alumbramiento, a cada paso que daba escuchaba cómo los perros sorbian su sangre asopada, cómo masticaban el chicloso cordón umbilical  de su bebé, a cada paso que daba tenía la esperanza de encontrar la vía a la ciudad.

A pesar del calor del verano, Renato se fue con zapatillas y calcetines a su primer día de trabajo, la fachada de la casona lucía tan longeva como la anciana, no habían timbres sino una campanilla que jaló dos veces para anunciar su llegada,  tres minutos más tarde estaba la mujer en la puerta con el cabello suelto increíblemente lacio para los rasgos que tenía, la siguió hasta lo que sería su habitación cuyo uso sería estrictamente para vestirse, masturbarse, leer o llorar; tenía una puerta que conectaba con la habitación de descanso y que ambos compartirían, le indicó su lado de la cama, por supuesto, el más  cercano de la puerta, Maritza siempre durmió junto a la puerta, ya que pensó durante años que podría llegar su compañero de turno y sorprenderla en plenos actos extra amatorios, era mejor estar cerca de la puerta en caso de tener que huir desnuda o semi desnuda,  o si le daban ganas de hacer pipí estaba más cerca del baño, o si entraba un asesino serial le dispararían primero a ella y así no tendría que ver morir a su acompañante, una vez instalado ordenó a Renato vestirse de gala.

Parecía que un manicomio estaba de aniversario, todo estaba alfombrado, incluso las paredes, la mujer pidió al mesero una botella de Jägermeister y un cenicero, en el escenario había un tributo en alemán para Rosita Serrano.

Maritza habló muy despacio –Renato… necesitaremos dos agujas rosa de aluminio calibre 21, hojas de nuez vómica y… un esquizofrénico, no mayor de 17 años, de preferencia abandonado por alguna familia pobre y periférica.

Renato sin síntomas de retracción enrolaba los cigarrillos de su jefa mientras escuchaba cuecas en alemán y preguntó:

− ¿El esquizofrénico nos lo quedaremos o lo vamos a devolver? Necesito saber si lo saco arrendado o secuestrado.

− Arriéndalo – contestó Maritza − que te lo entreguen limpio, con dos mudas de ropa y  cuatro días sin medicación.

A mitad de la noche, las mesas del bingo se iban llenando, todos los ancianos presentes iban con un acompañante bien fuese hombre o mujer, los únicos con traje de gala y en buena forma, mientras todos acomodaban los cartones iba pasando entre los ancianos un jovencito amanerado con una bandeja en la que relucían como pasapalos pitos de marihuana y rayitas de cocaína, el joven vitoreaba como buhonero “Dos raciones por una y puede pagar con la cuenta”. Maritza sin mirar siquiera como le rebotaban los ojos a Renato le hizo una seña al joven para que se acercara, tomando una ración para antes de la partida.

− Tengo mucha edad acumulada, fumar un poquito de marihuana no me va sacar más  arrugas ni me va empeorar la artritis, sírveme otro jäger – Ordenó.

El presentador, quien es el mismo joven que ofrecía la bandeja, ahora aclamaba las reglas del bingo, recordando que quien llenase una línea protegía por una partida a su acompañante, quien completase una cruz tendría derecho a un acompañante extra siempre que estuviese en su misma mesa y quien se llevara el fabuloso bingo podría escoger a cualquier acompañante de los presentes que usaría solo para gozos diurnos.

Renato muy sorprendido por ser mercancía de apuesta geriátrica comenzó a detallar a las ancianas con acompañantes perfiladas en rosarios sacros relucientes y los ancianos que compartían gusto por las andaderas con músculos, todos los acompañantes  en su mayoría muy jóvenes. Afortunadamente, Maritza llenó la primera línea del cartón y Renato se libró de cumplir caprichos ajenos. El cartón lleno lo gano el desdeñoso de Don Klaus que escogió a la única acompañante negra de la sala.

Camino a casa, Renato no pudo evitar sentir pena por la negra y curioseó:

− ¿Qué son gozos diurnos?

La nariz de Maritza se expandió por la risa – Tranquilo niño, todos saben que la negrita es famosa por aliviar la hinchazón de tobillos, besar la calvicie de los viejos y leer en voz alta novelas de Vargas Llosa.

 

DPTO 07-02

PISO 7

DPTO 07-02

ALIENACIÓN

Necesito reconciliarme con el lado izquierdo de mi cuerpo, dónde estás, no te he vuelto a ver, por qué te escondes de mí, acaso no me necesitas, acaso no te hace falta mirar con tu ojo derecho; mi memoria aun sigue fresca, eso que dicen que estoy paranoica es mentira y vaya que ambos sabemos muy bien de paranoias, la ganya nunca nos hizo quedar mal siempre bien parados, contentos y con el estómago lleno. Mi mente es un techo que no deja de sonar, la lluvia de los recuerdos me traen de vuelta a ti cada vez que no quiero y eso es lo único que no puedo controlar. ¡Aparece coño! el suelo siempre se hunde cuando paso por el frente de tu trabajo, pero cuando toco el fondo me hace cosquillas no creas que me estoy riendo contigo, me rio de ti de la manera como buscas volver a la eterna la juventud a través de las niñas, pobres niñas.

De niñas infelices está lleno el mundo, siempre lo he dicho.

Estoy un poco ansiosa porque ya no tardas en llegar, el murcio siempre te trae a tiempo pero no importa el mundo gira despacio y alguien tiene que ir más rápido que él. Mi estado de ánimo está expansivo, debo aprovecharlo, necesito maquillar el lado izquierdo de mi cara, debe estar pálido, no quiero que te des cuenta de que mi ojo se volvió gris; mis pensamientos ya no vuelan, cada pastilla anaranjada que me suministran me ancla al colchón de esta cama y no quiero,  no puedo movilizarme al menos que me salga de mi cuerpo, eso me hace gorda , eso no te hace feliz, lo he notado siempre que colocas Pas si simple, es la señal de que tu molestia se ha consumado y estoy aterrada de hacerte pasar por eso otra vez, es la razón del por qué llegas tarde y no lo soporto; no me dejes, por favor no me dejes; necesito que te apresures, la lucidez casi llega a la puerta.

Devuélveme el lado izquierdo de mi cuerpo, ese que mirabas mientras manejabas.

Estoy insatisfecha te entregué demasiados años hermosos de mi vida, toda mi veintena y ni siquiera salí a putear por las calles de Valera, qué egoísta eres, nunca te lo voy a perdonar. Sí, ya sé que soy culpable, pero no fui yo quien se obsesionó fuiste tú por querer matarte y nadie me creyó ¿por qué no llegas, acaso una de las niñas te ha vomitado el carro, tienes resaca? todos los jueves por la mañana los excesos te pasan factura, quién te manda a beber alpram con cerveza, eso da dolor de cabeza, siempre te lo he dicho. Tengo pánico a la medicación, no consigo estar contigo; pero dónde estás, ya te busqué en mi memoria y allí te encuentras, fatuo y amable como siempre, la desesperación me saluda y se frota las manos, qué grosera es, apúrate me puse la media que te gusta  en mi pie derecho, blanca con lunares rosados, la que me trajiste de México ¿recuerdas?

Tu foto en la casa de Frida la tengo pegada en mi pared, la miro todos los días.

Estoy decidida a olvidarte este año, porque estoy cansada de la rabia implacable que me agobia cada vez que no llegas a tiempo, no me gusta el lado derecho de mi cuerpo, mi mano está fría por no tocarte, además no me gusta usar guantes, siempre tengo que usar lentes para tapar la calvicie que me dejaste del lado izquierdo, mi cara es larga y ningún modelo me queda bien además sin mi ojo izquierdo no veo, la miopía la tengo en el derecho; no podré sustituirte pero tampoco podrás verme de nuevo. Por qué me has dejado, acaso mi cerebro no es rosado, por qué me has dejado, acaso te gustaba el papel del esposo loco infiel; por qué me has dejado, no te gustaban las estrías de mi barriga; por qué no llegas, después dicen que estoy paranoica. No te cansas de las mentiras que dices, o de la triple vida que llevas, deja a esa niña tranquila, le estás rompiendo el corazón y es demasiado el polvo que dejas en la cocina, gracias a Dios que yo soy la primera de esas historias, a mí no me fuiste infiel, conmigo no te hacías el loco.

Acaso Dios existe, que yo sepa las historias de amor son de dos pero te empeñas en que las tuyas sean de tres.

La veleidad te ha dañado la mente y el cuerpo, ya no caminas igual, cada vez que le robas a virginidad a una de diecinueve cojeas más, quedarás más pequeño que el metro y medio que llevo en mi bolsillo. Pero hasta cuándo me harás esperar, no te cansas de plantar al psicólogo, la frivolidad te tiene enfermo ¡basta! estoy cansada de llorar me duele mi ojo derecho, ¿no sientes nada por mí, ya no te gustan mis besos de sapo? Cuántas nenas has tenido en el repertorio, ni te imaginas cuántos de mi lista han intentado ser como tú, empezando por el terapista, siempre mastica el chiclet con los dientes del frente con la boca abierta así como lo haces tú.

Tráeme una torta de chocolate, tenemos que celebrar.

Estoy ensayando cómo abrazarte cuando te vea, deja de verme a través del espejo que no es así como quedamos, por dónde vienes, solo debías doblar a la izquierda después del metro, ¿ya no me quieres, me has olvidado? Black de Pearl Jam me traerá de vuelta a tu mente, ese es el soundtrack de nuestra historia  o eso dices, gracias por dedicármela siempre sueño con ella. Yo no sé si te amo, es que ahogué todo mi amor en el fondo del mar, es por eso que te encanta ir a una playa para buscarlo, pero…llegó el doctor, dónde vienes, la media ya está sucia, me da pena.

Bendito sea el desamor que te liberó de mí.

Amor mío, amor mío por qué no has llegado acaso te estrellaste en el camino, lo leí en el periódico pero no recuerdo qué día, se me olvidan las cosas Morello, hasta cuándo te lo tengo que decir, a los 33 años uno no bebe pastillas para la memoria, eso es a los 63 y le llaman demencia senil ¡ouch! las agujas me duelen demasiado, doctor no hay un medicamento para que no me duela tanto el corazón, Morello no llegó, me embarcó, no es su culpa, no es tu culpa, no es mi culpa…es que su abandono me ha dañado, ya no puedo ser la misma, además se ha llevado el lado izquierdo de mi cuerpo, la parte que a él más le gusta donde está el corazón, es un egoísta; ya me estoy sintiendo mejor.

Doctor por favor no me induzca a la conciencia que me duele.

DPTO 01-02

PISO 1

DPTO 01-02

PARTE I

La Salida

Cuando Renato logró salir de prisión, lo hizo con libertad condicional, tenía un doloroso grillete en el tobillo derecho con luces verdes que parpadeaban, a diferencia de las películas gringas, a él le permitían moverse por toda la región metropolitana. Ese día ya no olería mas el orine de las celdas, ya no tendría que  seguir limpiando baños y tampoco practicarle sexo oral a su cuidador nocturno, siendo esta una habilidad que desarrolló como el mejor tópico de supervivencia, cada inclinación  era realizada como una instrucción militarizada; cerrar los ojos,  producir saliva y succionar, repetir la operación hasta atorarse con los resultados,  es una receta a prueba de estoicos.

Al salir, llovía violentamente y hacia un calor desesperado, no pudo tomar un bus, no tenía dinero ni nada de valor, el único bien que le regresaron fue un discman sin audífonos que lo acompañó en silencio las dos horas de camino a pie. Cuando llegó a su casa, todo seguía inmovilizado como si él jamás hubiese partido, su madre hacía la misma cena, veía el noticiero a la misma hora, fumaba el mismo cigarrillo en la poceta y su hermano mayor seguía viviendo con ella, el rancho era chico, una sala con dos t.v de cien mil pulgadas, una mesa antiquísima, una cocina color oxido que funcionaba a bombona de gas y una habitación con dos camarotes  donde ahora dormirían los tres, notó Renato entonces que salió de una celda para entrar en otra, eso, más el orine de la  gata y las eyaculaciones de su hermano que permeaban las almohadas.

Después de dos meses buscando empleo, no encontró nada a causa de su condena, esa tarde se fue para una esquina hacer malabares, nadie le dio siquiera media moneda,  lo único icónico de la jornada fue una mujer ebria que le arrojó en medio de las terribles piruetas un ejemplar del diario El Cuántico, periódico de contenido amarillista y alcance  absolutamente excéntrico.  Desolado, abrió el diario para ver los augurios de la lotería, justo al lado de su número de la suerte había un anuncio en times new roman 7, que indicaba: “Se busca persona para cargo de complemento, puertas adentro por 1 mes ininterrumpido, interesados favor escribir al número de contacto”.

Al borde de la seducción que propiciaban las carteras que acompañaban los celulares relucientes entre los transeúntes y siendo la famosa libertad  muy costosa de llevar, Renato pensó que nadie en su sano juicio quería estar un mes aislado, sin embargo para él, un mes es una migaja de lo que fue su condena, sin nada que perder, escribió:

 −Hola mi nombre es Renato tengo 42, cumplo una condena en libertad condicional  y estoy interesado en el empleo.

 Respondiendo el supuesto empleador: −Perfecto, favor dirigirse al cine Nilo, retire entrada para la película de mañana en la sala 11 a las 12:40 p.m.

Renato algo sorprendido contestó: – ¿El cine Nilo? Creo que está confundido/a.

Sin embargo, la respuesta fue terminante: -Sí, el cine Nilo, si requiere el empleo debe llegar puntual.

Renato no pudo dormir profundamente no sabía que esperar, le sudaba la espalda, no se hallaba entre la angustia de su estomago y el desespero de una oportunidad que pagara un arriendo, era bien sabido que el cine Nilo era conocido por sus películas explicitas, grotescas, meramente pornográficas. Esa mañana se levantó estropeado a causa del trasnocho, lucía un aspecto desgastante que no logró desvanecer ni con la ducha, ni con la afeitada. Una vez estando en el cine, se dirigió a la taquilla de atención al cliente, le indicó a la mujer frente a la vitrina que debía retirar una entrada para la película de la sala 11, ella le entregó la entrada en la que subrayó fila G butaca G18. Renato empezó a temblar, las rodillas se le convirtieron en una comparsa parkinsoniana, la respiración se le acortó, esas sensaciones eran las mismas que sintió al entrar al juzgado el día que le sentenciaron a tantos años de prisión.

Entró a la sala, que ya estaba oscura, solo las luces del suelo hacían camino hacia su supuesto empleador, buscó con la mirada la fila G, pero entre su ceguera y el reflejo de la pantalla no consiguió distinguir a la única persona sentada en la sala, al iniciar la travesía para cruzar toda la fila casi se tropieza de nervios, cuando finalmente encontró la butaca G18 su asombro opacó la ansiedad y las rodillas se le volvieron a soldar, se sentó a lado de una anciana, una mujer negra, con las uñas amarillas, llevaba un gorro tejido, acompañándose de una cocacola extragrande y una bolsa de masmellows.

La mujer sin voltear a ver el rostro de Renato le informó: − Los masmellows son por mis dientes, si vas a probarlos cógelos de una vez porque no me gusta que me interrumpan la película, la entrevista iniciará al finalizar la función, asiente si entiendes lo que te digo y no preguntes ni respondas nada.

Renato asintió.

DPTO 01-03

PISO 1

DPTO 01-03

PARTE II

La entrevista.

Hizo su mayor esfuerzo por prestar atención a la película, rodaba una porno heterosexual, sin embargo, la sala se fue colmando de espectadores hombres, todos desconocidos que jugaban a sentarse juntos mientras cruzaban sus brazos de una entrepierna a otra, se veía desde la butaca de Renato un mandala de brazos con puntos erectos rosados o negros. Pero a pesar de sus esfuerzos, no pudo concentrarse ya que durante una hora trato de detallar periféricamente a la anciana. Al terminar la película, la anciana volteó a verlo, lo increpó:

− Se que has asesinado antes, se que fue por una buena razón, si te quedas un mes conmigo al culminar el día 31 deberás asesinarme. Si lo haces de forma concluyente como en efecto creo que será, ya que eres perfectamente capaz, serás bien recompensado, si tienes preguntas, solo tienes diez minutos para formularlas, si no deseas quedarte debes partir antes de las 2:00 p.m, asiente si has entendido.

Renato asintió, recién salió en libertad condicional, cualquier incidente lo haría regresar a los brazos de su cuidador nocturno, esta vez las manos le empezaron a sudar, quien era esta anciana que entendía sus motivos homicidas, por un lado quiso salir corriendo del cine, puesto que se había prometido un inicio decente en la medida de su posibilidad,  por otro lado, la medida se achicaba porque nadie más le daría trabajo,  él le preguntó:

− ¿Puedo escoger el vestido que llevarás al momento de asesinarte? Así como también los zapatos y la canción que nos dará el ambiente?

 La anciana sonrió, y respondió:

 − Ya que existe interés de su parte en esta contratación, debo advertirle que si acepta deberá; dormir abrazado conmigo todas las noches, encontrar los dátiles para las meriendas del jueves, enrolarme los cigarrillos, masajearme los tendones, insultar a los conductores del transporte público, ver capítulos repetidos del juego de la oca, ensayar mi funeral y las demás que requiera por la naturaleza de sus servicios. Por otro lado, tendría prohibido; usar celular, usar internet, los permisos excepto para firmar ante su agente de libertad condicional por lo cual no deberá tardar más de una hora con treinta minutos, trasnocharse a menos que yo lo requiera, oler rancio, usar cholas o chalas. Respecto a su pregunta, podrá usted escoger los zapatos, la canción de ambiente pero no podremos acordar sobre el vestido. Asienta si entiende lo que le digo, le quedan cuatro minutos, si tiene alguna otra duda debe formularla ahora mismo.

Renato asintió, trataba de procesar todas las especificaciones de su posible contrato de trabajo pero ninguna le pareció excéntrica tomando en cuenta la ubicación escogida por su posible empleadora para la entrevista, no obstante, no le agrado la excepción sobre el vestido, pero pensó que podría mediar sobre otro propósito:

− Si no escojo el vestido, no puedo escoger la música y si no puedo escoger la música no puedo escoger los zapatos, la única salida ante esta discordancia es que yo escoja el lugar en donde daremos vida a su muerte, de esta forma podré escoger la canción perfecta, le aseguro que será un lugar que refleje las orillas de su personalidad, entendiendo por supuesto que este lugar depende vinculantemente del proceso y los instrumentos mortuorios que desee para llevar a cabo su deceso.

Esta vez la anciana no sonreía, se le achicaron los ojos y se le agradaron las dudas, debía pensar muy bien cada paso, una mala planificación, incluso una mala locación podrían estropear los planes, respiró hondo, como si respirando le robara algo de fuerza a sus articulaciones, entendía que lo único a favor de Renato es que nadie más la asistiría en su cometido, aunque también era lo suficientemente vieja y astuta para no hacérselo saber en ninguna instancia, por lo que respondió:

− Jovencito de eso me tendrá que convencer en los próximos días, además dejarse arrastrar por las orillas de mi personalidad no es algo que le aconsejo a un marino novato, ni se imagina usted la cantidad de caca que dejan los peces en una jaula de mar adentro. Ahora bien, su labores iniciarían el día sábado a las 19:00 hrs. Asienta si se da por entendido y satisfecho,  de lo contrario debe marcharse antes de las 2:00 p.m que inicia la segunda función.

Renato asintió.